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viernes, 24 de agosto de 2018

Periodo de adaptación consciente y feliz

Hoy vengo a hablarte sobre el periodo de adaptación, una vez más.

Este es un tema que me gusta especialmente porque me toca directamente.
Es como ese mar que te trae la ola una y otra vez.

Hace unos  días leí en Instagram una publicación sobre el periodo de adaptación que realmente me enamoró y lo quiero compartir contigo.

Muchas veces se habla del periodo de adaptación como un proceso doloroso, de sufrimiento. De llanto. De angustia del niño y, me vais a permitir que personalice, de la madre.

"Nos venden la moto" diciéndonos que "hay que pasarlo", que "esto es así", que "hay que dejar a los niños llorar", que "son unos días malos y ya está".

Me vais a permitir que lo ponga en duda.

De todo esto voy a estar hablando con Lucía del Castillo de Ama tus Emociones en un directo en Instagram el Lunes 27 de Agosto a las 11:00 am


Te dejo su cuenta: https://www.instagram.com/ama_tus_emociones/

Si no podéis asistir, os compartiré el enlace al vídeo que grabaremos. Estará disponible en Youtube en unos días en el canal de Lucía y, si aprendo, lo subiré también a Facebook.



Dicho esto, hoy os voy a contar mi experiencia.

El curso pasado viví por primera vez este periodo de adaptación desde  una perspectiva nueva. Desde el otro lado, como madre.

Yo, que llevo 10 años como maestra, poniendo corazón y muchos amor a los niños con los que he tenido el privilegio de trabajar, tuve que aprender lo que es estar en los zapatos de todas aquellas mamás que he conocido y han dejado a sus hijos en mis manos.


Cómo lo viví y qué aprendizaje saqué.

Cuando mi hija nació, como a muchas de vosotras, me arrasó un tsunami emocional que me puso la vida patas arriba.

Lo he contado en muchas ocasiones. Siempre soñé con ser madre.
La vida me hizo el inmenso regalo de hacer mi sueño realidad.
Y en este punto tengo que decir que YO SÍ lo viví como algo mágico y muy hermoso.

Entiendo que hay tantas maternidades como mujeres.
Tantas lactancias y crianzas como madres.
Y que cada una lo vivimos de una manera.

Por eso os vengo a contar cómo yo lo viví, por si os resuena y os es de ayuda.

Tras 10 meses intensos de crianza y maternidad a tiempo completo, me separé por primera vez de mi pequeña.

Pasé el verano anticipando un momento que no quería que llegara.
Sabía... Sentía... Que no estábamos preparadas. Que YO no estaba preparada.

Y aunque busqué ayuda, haciendo un taller sobre Adaptación Escolar con Miriam Tirado, no fue suficiente.

Durante los primeros meses de maternidad, las mujeres estamos con las emociones a flor de piel, muy sensibles y vulnerables. Es algo natural... Un instinto animal que nos hace conectar con nuestros hijos/as y vivir "alerta" 24 horas.

Cuando miro hacia atrás y veo lo que he aprendido en este año... Me parece increíble.

10 cosas que aprendí sobre el periodo de adaptación de mi hija

1. El periodo de adaptación no es NI DE LEJOS 3 días o una semana.

Ese es un tiempo que marcan muchas escuelas infantiles y colegios para "ir sumando horas".
Pero que no os engañen. Este tiempo es un tiempo "indefinido".


Será el tiempo que cada familia y cada niño necesite para "ser ellos mismos".

Digamos que habrá acabado el proceso cuando nos sintamos tranquilos, cuando estemos en paz.

Hablando del niño, sabremos que está adaptado cuando sea "el de siempre". Un niño feliz, que juega tranquilo, que se queda en la escuela como si fuera su segunda casa.

Como podéis imaginar, esto no se consigue en 3 días, ni una semana.
No puedo acotar cuánto tiempo necesitaréis porque es algo totalmente individual.

Cada niño, cada mujer, cada uno de nosotros somos irrepetibles y únicos, y por lo tanto, así será nuestro proceso de adaptación. ÚNICO.

2. El periodo de adaptación no pasa necesariamente por el llanto y el drama.

Aceptamos socialmente que es así. Como os decía, "que los niños tienen que llorar y es así".

Nos lo creemos. Nos convencemos como madres primerizas, porque nos lo han contado, que sólo hay un camino y que "no nos queda otra más que aguantar el chaparrón".


Hoy te vengo a contar que no es así.

Que puede que tu hijo:

- Llore al dejarle en la escuela.
- Esté más irritable.
- Duerma o coma peor en una temporada.
- Esté pegado como una lapa por las tardes para recuperar "el tiempo perdido".
- Tenga más rabietas que parecen "no tener sentido" pero que en realidad es un "te he echado de menos".

Todo esto puede pasar... O NO.

Cuando escolaricé a mi hija el curso pasado, empecé el periodo de adaptación con esa misma angustia que probablemente estés pasando tú.

Tenía ansiedad, me costaba dormir... Me resistía a lo que estaba pasando. A lo que estaba por venir.
Sólo empeoré las cosas con mi actitud y lo peor es que o no me daba cuenta o no sabía cómo pararlo.

Y es que mi intuición me decía que aquello "no estaba bien".

Tengo la suerte de tener una hija muy alegre que, hasta que empezó la escuela infantil, no se había puesto enferma de nada. Nunca.

Yo no sabía lo que era ver llorar a mi hija más allá de motivos como el cansancio o la incomodidad física.

Creía que estaba en mis manos su bienestar y su felicidad. ¡Qué sobrada iba!
Menuda lección de humildad me iba a dar la vida...

Quería confiar en que como tenía un apego seguro y siempre había aceptado los cambios y las personas nuevas con facilidad, en esta ocasión sería igual.

Y digo "quería confiar" porque no lo hacía.

Y es que el periodo de adaptación en muchas ocasiones, es más de la madre que del niño. Me explico.

Era yo la que me resistía a abandonarla.
Era yo la que no quería volver a trabajar.
Era yo la que no estaba preparada.

Era yo la que se estaba resistiendo al cambio y no confiaba en que mi hija iba a estar bien.
Porque sentía que nadie la conocía como yo. Que nadie la quería como yo. Que no iba a estar tan bien como estaba conmigo en ninguna escuela infantil.

Era yo, tristemente, la que influí en que su periodo de adaptación fuera un desastre total.

Sí. Fue un desastre.

Pasamos por el llanto y el drama.

¿Cómo puedo decirte que el periodo de adaptación no pasa por esto si justo estoy diciendo que es lo que vivimos?

Pues bien, yo no me sentía con fuerzas para dejar a mi hija en la escuela infantil.
Siguiendo el consejo de Miriam, desde ese lugar no podemos ayudar.
El primer día de escuela infantil, fue mi marido el que la llevó.

Si nos posicionamos como las niñas que fuimos, heridas y abandonadas, difícilmente vamos a acompañar correctamente en su proceso a nuestros hijos.

La buena noticia es que no tiene que ser así. Y os lo cuento porque tuve la suerte de poder vivir ese periodo de adaptación dos veces en un mismo curso.

Tras un mes y medio de lágrimas diarias, de noches sin dormir, de tardes de teta y brazos, de mucha culpabilidad, de visitas al hospital y al pediatra como nunca antes, de mocos, de vomitonas, de fiebre... Decidimos que aquello no podía ser y dimos de baja a nuestra peque en la escuela infantil a la que iba.

Vaya por delante que su profe ponía de su parte. Era simpática y cariñosa. Se notaba que tenía vocación y en la entrevista tuvimos una conversación muy agradable.
Pero, una vez más, no fue suficiente.

Mi hija se quedaba llorando día tras día. Y cuando la recogía, seguía llorando.

Para mí, hubo un día que marcó el punto de inflexión.

El día en que sentí: así no.

Era el tercer día en el que llevábamos a Luz a la escuela.
Me sentí positiva y fuerte para dejarla yo misma por la mañana.
Aparqué en la puerta y entré con una sonrisa, diciéndome a mí misma que aquel sería un buen día.

Cuál fue mi sorpresa cuando le pregunto a su profe:

- ¿Qué tal ayer?

Su respuesta:

- Bien. Estuvo llorando desde que la dejasteis hasta que se quedó dormida dos horas después. Pero cuando se despertó estuvo jugando un ratito. Es una pena que justo viniera tu suegra a buscarla.
Hoy se queda a comer. Mañana a dormir y pasado el horario completo.

¿CÓMO?

Saltaron todas mis alarmas.

¿Cómo que estuvo llorando durante dos horas?
¿Cómo que no me llamásteis?
¿Cómo que se quedó dormida de puro agotamiento?
¿Cómo se puede considerar que porque al despertar quisiera jugar un poco estuvo "bien"?

Me quedé sin palabras.
Sin posiblidad de reaccionar.

Me arrancaron a mi hija de los brazos mientras lloraba fuera de sí.

Me dijeron:

- Vete tranquila mujer. Está bien.

¿Cómo me iba a ir tranquila?

Apenas me dejaron despedirme de ella. Tuve que dejarla en la puerta (como es política en esa escuela infantil).

Salí de allí conteniendo mi propio llanto.

Me fui hacia el colegio donde trabajo (al que por cierto yo misma me estaba adaptando porque era nueva) totalmente colapsada. Indignada. Enfadada. Profundamente triste y desmotivada.

Llegué a la puerta de mi cole y llamé a mi marido.

- Esto es una mierda.
No puedo con esto. No quiero llevarla allí nunca más.
¿Te puedes creer lo que me han dicho? ¿Por qué no nos llamaron?
Voy a pedirme una excedencia. Seguiré con Luz en casa.

Y en el peor momento...
¡Zas! ¡En toda la cara!

Mi marido me escuchó muy serio y me dijo:

- Carol, no voy a permitir que hagas esto.
No pienso pasar otro mal año porque sientas que no quieres hacer esto.
Para.
Vas a entrar en el cole y te vas a recomponer.
Mañana hablo con Isabel y le pregunto qué ha pasado.
Pero no vamos a sacar a Luz de la escuela infantil y tú no vas a cogerte una excedencia.

¿Veis como digo que cada proceso de adaptación es único?

Mi chico lo estaba llevando de otra forma.
Quizá más práctico y menos emocional.
No le culpo. Hizo lo que pudo en ese momento y aunque no supo acompañarme en mi dolor, al día siguiente fue muy serio a hablar con la profe y le dejó claro que no íbamos a seguir ese ritmo.
Que no se quería a comer. Que haríamos las cosas más despacio.

Le perdono y le agradezco que intentara ayudar, a su manera.

Y es que cuando pedimos ayuda... Tenemos que estar abiertos.
Aceptar que los demás no hacen las cosas como nosotros. ¡Porque no son nosotros!

Desde el principio dijimos que no teníamos prisa. Que aunque no podíamos ir a dejarla y recogerla todos los días él o yo, iríamos al ritmo que Luz admitiera y no la forzaríamos, porque contábamos con la ayuda de nuestras madres.

Me resigné. Me tragué mis propias lágrimas y me arrastré por los días que vinieron.
Intentaba estar serena y aprovechar los tiempos que tenía con mi pequeña, dándole todo el amor que me nacía en forma de caricias, besos, juegos, cama compartida y tardes sin reloj en brazos y al pecho.

Luz se quedaba llorando cada día. Tenía algún momento bueno pero no mejoraba gran cosa.
Empezaba a remontar y a mitad de la semana se ponía enferma.
Otra vez pediatra. Otra vez fiebre. Otra vez ojitos malitos...

Pasado un mes, le dije a mi chico:

- Estoy haciendo esto por ti.
Estoy intentando tener paciencia pero me parte el corazón verla así.
¿Y si buscamos otra solución?

Abrir mi corazón, dejarle ver cómo me sentía, conectar conmigo misma me permitió conectar con él.
A él también le estaba matando que Luz lo estuviera pasando tan mal y se pusiera malita cada dos por tres.

Le dimos unos días más de margen y finalmente buscamos una alternativa.
Buscamos una persona para que la cuidara en casa.

Esta decisión es muy personal.
Hay gente que no confía "en una extraña" y no quiere "meter a nadie en casa".

Yo decidí hacer un ejercicio de confianza cuando conocimos a Lola. Una chica joven que desde el primer momento tuvo buen feeling con Luz y que siempre la trató con dulzura, paciencia y mucho amor. Justo lo que necesitábamos.

Luz ya no se ponía mala.
Estaba feliz.
Cuando yo iba a casa a comer podía verla y darle el pecho.
Los días ya no eran tan duros.

Llegó Navidad y Lola nos dijo muy preocupada que le había salido otro trabajo. Que era una oportunidad muy buena que no podía rechazar.

Vuelta a buscar soluciones...

Finalmente, encontramos a otra chica, que además era mamá.
Una chica que tenía experiencia. Que estaba totalmente alineada con nuestros valores y nuestro modelo de crianza. Con formación en pedagogía respetuosa y disciplina positiva.

Paso a paso nos acercábamos a lo que necesitábamos en la medida que nos permitíamos lo que queríamos y mejorábamos en definirlo y comunicarlo. Especialmente yo.

Tener a Marta con nosotros fue un regalo.

Luz se adaptó enseguida.

Realmente era como tener a una amiga en casa.
Me daba total confianza.
Su trato con Luz era amoroso.
Hablar con ella siempre era un placer.

Pasado un mes... De nuevo. Cambio de planes.

A mi marido le ampliaban el horario en su empresa (lo que era una buena noticia) y necesitábamos que Marta se quedara más horas.

A priori, di por hecho que, como estábamos tan contentos todos, ella querría ampliar su horario también. Pero no fue así.

Marta decidió rechazar nuestra oferta. Decisión que yo respeté aunque ciertamente me puso triste.

En ese momento fue cuando decidí que no podíamos estar cambiando de persona de referencia cada mes o dos.

De nuevo esa sensación de "esto no está bien".

Pensé... Sentí... Que era el momento.
Yo ya estaba preparada para intentar una nueva escolarización.

Luz era más mayor y ya había tenido experiencias de adaptarse a cambios de forma positiva.
La casa parecía quedársele pequeña y tenía cada vez más intereses y necesidad de movimiento que, bajo mi punto de vista, no estábamos cubriendo plenamente.

Fui proactiva. Fui resiliente.

Trascendí de la queja y me dispuse a hacer las cosas con responsabilidad y determinación.


Tuve la gran suerte de encontrar una nueva escuela que ha sido un antes y un después.

Elena y su equipo en Garabatos nos hicieron sentir muy cómodos desde el primer día.
Nos abrieron las puertas de su casa, porque Garabatos es nuestra segunda casa.
Nos ayudaron a sanar todas nuestras heridas.

Aproveché dos días que yo no tenía cole en Febrero para hacer "el periodo de adaptación" con ella, dentro del aula.

El primer día, Celia, la profe de Luz, me recibió en la sala de psicomotricidad con unos poquitos peques.
Luz y yo estuvimos allí, jugando, tranquilas.
Mi hija empezó a explorar el entorno. A acercarse a sus compañeros/as.
Yo, mientras tanto, pude hablar con Celia, contarle nuestra nefasta primera experiencia, y compartir con ella mi sentir.

Me dijo que teníamos libertad para estar allí tanto como necesitáramos Luz y yo.
Me hizo sentir que todo iría bien. Y así fue.

Pude comprobar de primera mano cómo trataba a los niños, cómo les hablaba, cómo gestionaba los conflictos, cómo era la rutina...

Dada la primera experiencia de la que Luz podía tener malos recuerdos, nos planteamos que sería un proceso sin prisas. Respetuoso.

Al lunes siguiente, mi madre me acompañó y fue ella la que se quedó dentro de la clase, yéndome yo a trabajar después de estar un ratito juntas.

En pocos días Luz era una más.
No hubo grandes dramas ni llantos.

Claro que algún día ha llorado un poquitín porque podía estar cansada o encontrarse un poco incómoda físicamente, pero Celia supo ganarse su corazón desde el minuto 0. Hemos estado en coordinación constante, ayudando a Luz en su proceso y avanzando con ella.

Estos meses en Garabatos me han hecho crecer muchísimo como madre y como persona.

Es un lugar donde no sólo mi hija está feliz y se responde a todas sus necesidades, sino donde yo puedo compartir mi sentir con otras mamás (algunas de ellas también maestras).
Es un espacio donde compartir y crecer. Donde te acompañan con ternura en cada paso de la crianza, como ha sido el destete o el establecimiento de límites de forma respetuosa.

En unos días tendremos que hacer un nuevo periodo de adaptación.
Luz y yo hemos pasado el verano juntas muchas horas. ¡Llevamos nuestra mochila bien llena de buenos momentos!

Celia no estará el próximo curso.

Abrazo y dejo ir...
Abrazo lo aprendido y dejo ir el miedo y la tristeza.
Confío en mi hija y en mi misma para afrontar los nuevos cambios.
Confío en la vida que nos sostiene y nos lleva por el camino que necesitamos para seguir creciendo y "floreciendo".

3. La escuela que elijo para mi hija debe ser de mi entera confianza

La primera vez que escolarizamos a Luz la llevamos a una escuela pública en la que yo no confiaba.

¿Y por qué la llevamos entonces?

Cuando fuimos a ver las escuelas infantiles de nuestro municipio, nos enamoró una escuela pública que yo sentía que sería "la escuela de Luz".

Sin embargo, la vida sabia, me llevó por todo el proceso que he contado.

No nos dieron la plaza en la escuela que queríamos, sino en otra del municipio.
Una escuela que, sin menospreciar a sus trabajadoras, ni trabajaba como yo esperaba, ni estaba alineada con nuestros valores.
Una escuela que, a pesar de haber hablado de lo importante que era para nosotros el respeto por los ritmos de nuestra hija, no cumplió con nuestras expectativas.

Vaya por delante que todo lo que cuento es nuestra experiencia personal de familia.
Sé de otros niños que van a esa escuela y están felices.

Para mí, la escolarización debe ser un proceso bonito, de aprendizaje, de ilusión. No de "tragar con todo porque no te queda otra".


4. Soy ejemplo 

Yo, como Persona Altamente Sensible, ¿cómo iba a vivir el periodo de adaptación de mi hija y mi vuelta al trabajo?

Con intensidad.

Mi hija, que también es PAS, ¿cómo no se iba a contagiar de mi energía?

Ahora, con todo lo que he contado, es fácil entender cómo mi hija tuvo una segunda escolarización exitosa.

Yo elijo desde dónde vivo las cosas.
Si desde el miedo, la herida del abandono... O desde el amor y la confianza.

5. Tiro a la basura el saco de las expectativas.

Ya he hablado en otras ocasiones sobre el periodo de adaptación.
Podéis leerlo en estas otras entradas:


Otros años me tocó aprender que mis expectativas sobre cómo sería el curso se habían ido al traste al darme de bruces con la realidad.

Anticipar que van a llorar, que lo van a pasar mal... Sólo nos genera angustia.
Anticipar que todo va a ser perfecto, sólo nos lleva a la exigencia.
Creer que tu hijo va a reaccionar como el de tu vecina, sólo te lleva a la comparación.

He aprendido a fluir. A soltar lo que no puedo controlar. A confiar en mi corazón y en que aprenderé a salir adelante, en mi caso, normalmente por ahora, con esfuerzo y poniendo mucha conciencia.

6. La comunicación es fundamental

Yo soy una persona con una necesidad de comunicar grande.
Comunicar mi sentir.
Que no es la verdad absoluta. Pero sí mi verdad.
Aprendo a ser humilde.
Aprendo a hacerme cargo de mí misma.
Aprendo a no echar la culpa a nadie de las cosas que me pasan.

Isabel no tuvo la culpa de que Luz y yo no nos adaptáramos a la escuela donde trabaja.
Mi marido no tenía la culpa de que yo me sintiera tan mal o de que el periodo de adaptación fuera tan desagradable.
Marta no tuvo la culpa de que yo no quisiera más cambios para Luz y que hubiera establecido una relación con ella de apego tan grande.

Yo misma no tengo la culpa de que Luz se pusiera mala o de que llorara tanto la primera vez.

Aprendo a respetar.
A respetar a mi hija.
A respetarme a mí misma.
Aprendo a hablar desde el "yo".
Desde cómo me siento.
Aprendo a entender que mi sentir es sólo mío y que los demás sienten y actúan de otra forma y está bien así.

Aprendo a ver que todos tenemos un proceso de adaptación y crecimiento que nos pertenece sólo a nosotros.


7. Rodearme de personas que compartan mi sentir es de gran ayuda.

En la primera escolarización de Luz, me sentía totalmente sola y desamparada.
No sentía que la vida nos estuviera sosteniendo.
El que no hubiera nadie que me dijera:

 Te entiendo. Te veo. Tienes derecho a sentirte como te sientes,

era algo que yo necesitaba y de primeras, no tuve.

Un consejo gratuito y no pedido...

Rodéate de gente que sume. De gente con la que seas tú misma. De personas que no te juzguen, que te respeten, que te saquen sonrisas. De gente que te ayude a crecer. Que te enseñe y que te enseñe bonito.


8. A la hora de acompañar a mi hija, no debo "engancharme" a sus emociones.

Como PAS a veces es difícil no dejarse arrastrar por las emociones de los demás.
¡Mucho más si es mi hija!

Pero lo que he aprendido en este año es a decirle a ella lo que me digo a mí misma:

Te entiendo. Te veo. Tienes derecho a sentirte como te sientes.

Me sitúo como la adulta que soy. La madre que quiero ser. No la niña que fui. 

9. Los autocuidados son una prioridad y no son negociables.

Este año he aprendido mucho sobre lo fundamental, que es quererme yo primero. Respetarme a mí misma. 

Ese camino de ser "la mamá perfecta", que se olvida de sí misma para entregar todo a sus hijos/as sólo lleva a la carencia.

Hace un año yo no me permitía espacios y tiempos en pareja ni a solas más allá de una ducha o algún momento puntual. 
No descansaba bien.
No dejaba ir a personas tóxicas por miedo.
Anhelaba el amor propio que me faltaba sin hacerme cargo de mí misma. 
Había abandonado el ejercicio físico que tanto bien me hace.
Pasaba las 24 horas pegada a mi hija y no sabía ponerle límite.

En ese afán de "cubrir sus necesidad de apego" me negaba a mí misma.

Es un error.
Estoy en el proceso de comprometerme conmigo misma a ser mi prioridad y cuidarme como nunca antes.
Me perdono y me acepto.

Acepto que hace un año no sabía lo que sé porque no había vivido lo que me tocaba.


Hice un taller de meditación.
He hecho varios talleres para Personas de Alta Sensibilidad.
He trabajado con una psicóloga para superar cosas que me costaba hacer por mí misma.
Sigo trabajando en el desapego, en permitirme disfrutar y aprender cosas nuevas.

10. Mi hija es mi mejor maestra

No podía tener un nombre más apropiado. Luz.
Ella me ilumina.
Me ayuda a poner luz a mis propias sombras.
Me hace de espejo reflejando aquello que no acepto de mí.
Pero ¡ay!

Cómo consigo disfrutar con ella.
Es capaz de hacer desaparecer todo signo de negatividad.
Me hace reír.
Me regala ternura a puñados.

Centrarme en el presente con ella ha sido una de las grandes lecciones que me ha dado este año.


Cuando viene "el mono loco" a traerme fantasmas del pasado, a hacerme pensar en un futuro que desconozco... me digo a mí misma: 

¡Quita mono!

Y me pongo a bailar con ella. 
La abrazo. 
Disfruto de cocinar con ella. De jugar. De dormirla en mis brazos.
Me río con su risa.
Me emociono hasta las lágrimas cuando le digo ¡bonita! y me contesta "bonita".
Me lleno de amor cada vez que le digo que la quiero y con cada palabra y cada gesto, la quiero un poco más.


Ya no pasamos horas enganchadas a la teta.
He conseguido hacer un destete respetuoso. Lento y con mucho amor.
Respetuoso conmigo porque no quería continuar y respetuoso con ella porque acompaño sus emociones cuando me lo pide y decido decirle "no cariño. Ya no hay tetita."

Justo ayer, a pesar de haber dormido 3 horas, me regaló un día precioso del que me siento agradecida.

Así lo describí en estas líneas que ahora comparto:

"Aquella noche apenas durmió. Sin embargo, como decía aquella canción "se va quitando poco a poco telarañas".
Como tantas noches desde que se convirtió en madre (y otras tantas anteriormente) se desveló pensando en tareas pendientes, ideas para el próximo curso y el recuerdo de algún alumno y familia que le robaron el corazón.
Fue entonces cuando, después de muchas vueltas, decidió levantarse y apuntar en un papel aquello que le robaba el sueño.
Se sentía tranquila pero su mente no le dejaba descansar. 
Decidió que quizá leyendo se relajaría y los párpados se le acabarían cayendo, como suele suceder, pero no esta noche. 
Su chico se despertaba a la hora habitual y ella no salía de su asombro al ver que ya eran las 7 y llevaba desvelada 5 horas.
Al poco de marchar él, el sonido de unos pasitos le hizo sonreír. 
Su pequeña apareció agarrada a su pelota roja, abrazada a ella como si fuera un osito de peluche, sonriendo en silencio.
Y cuando creía que no podía ser más afortunada, su duendecillo le regaló un beso y un abrazo de buenos días. 
Con su lengüita de trapo le pidió un poco de yogur que compartieron entre risas y miradas cómplices. 
Y así es como, aún en penumbra, la niña iluminó con su mera presencia y ternura toda la habitación y cada rincón del corazón de su madre que se dijo a sí misma que bien valía estar despierta por ver esos ojitos guiñados, su sonrisa pícara y esas manitas preciosas apoyadas dulcemente a un lado de su cara."




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sábado, 12 de mayo de 2018

PAS - Personas de Alta Sensibilidad

Hola a todos. Después de un tiempo sin escribir, quería abrir mi corazón respecto a un tema que me toca directamente.

Todos nos sentimos alguna vez abrumados, desbordados, agotados.

En las últimas semanas mi cuerpo llegó al límite de sus fuerzas. Enlacé gastrointeritis, con anginas, con un nuevo proceso gripal y de nuevo gastrointeritis.

Todo este proceso de enfermedad me ha servido para darme cuenta de muchas cosas...

A veces es necesario parar. Parar a escuchar al cuerpo. Parar a escuchar nuestra propia voz.

¿Quién soy?
¿Qué quiero?
¿Por qué me molesta lo que me molesta?

Parar como la mariposa dentro de la crisálida para poder crecer.

En este parón tan necesario, he aprovechado para descansar, conectar conmigo misma y hacer formación, ejercicio físico, meditación... ¡Y volver a escribir!

Dentro de la formación que he recibido, anoche realicé un taller sobre Personas de Alta Sensibilidad.

Lo he realizado de la mano de Noelia Rodriguez, formadora de Pedagogía Blanca, asesora de crianza y lactancia. (Podéis descubrir más sobre ella aquí)

Y es que la maternidad me abrió a la vida... Siempre agradeceré a mi hija que me haya descubierto quién soy yo, qué quiero para mi vida y la suya, y me siga enseñando la importancia de encontrar el equilibrio entre respetar sus necesidades y las mías propias.

¿Alguna vez te has sentido "rara", "diferente", "fuera de lugar"?

Yo sí. Es una sensación muy desagradable. Sentir que no pertenezco, que no "encajo".

La necesidad de pertenencia es una necesidad básica de nuestro cerebro. Sentirnos queridos.

Como maestra siempre he cuidado muchísimo este aspecto. Un niño que no se siente querido, no puede aprender.

Por eso, siempre insisto que por encima de saber muchas Mates o mucho Inglés, lo fundamental es que ayudemos a nuestros alumnos (y a nuestros hijos) a ser autónomos, responsables. Que sean respetuosos, amables y ayuden a los demás.

Últimamente añadiría que antes de nada debemos enseñarles a conocerse y respetarse a sí mismos

¿Cómo enseñar el respeto a uno mismo y a los demás?

A través del ejemplo.

Lo maravilloso de ser maestra y mamá es que mis alumnos y mi hija me enseñan cada día la importancia de poner límites, de hacerme cargo de mis emociones, de ser honesta y pedir lo que quiero siempre desde el cariño, pues es lo mismo que yo necesito: que sean honestos y me pidan lo que quieren con cariño.

Me impulsan a buscar siempre la mejor versión de mí misma. Asertiva. Serena. Llena de energía para mí y para ellos.

Volviendo al tema que nos ocupa... 

¿Cómo es una persona con Alta Sensibilidad?

1. Las PAS somos personas con una percepción sensorial aguda. Esto quiere decir que a través de nuestros sentidos recibimos cantidad de información a todos los niveles: visual, auditivo, de olores...

Desde muy pequeña he tenido una sensibilidad especial para la música y los sonidos.
Me molestaban los ruidos fuertes, el bullicio...
Me emocionaba mucho con las canciones y podía pasar horas escuchando música y perdiéndome en los matices de los arreglos musicales, las melodías, las letras...

De igual forma, siempre he tenido un sentido del olfato muy desarrollado.
Los olores fuertes me dan dolor de cabeza.
Incluso, en mi primer año de funcionaria, sufrí migrañas, en las que los olores eran determinantes.

También tengo la piel muy sensible e irritable. Me quemo con facilidad y enseguida me salen marcas, arañazos, rojeces o moratones.

A nivel visual, me fijo mucho en los detalles. Me gustan mucho las manualidades y el dibujo desde que era niña. 

Siempre me fijo en cómo va vestida la gente, su pelo, su maquillaje...

Me doy cuenta rápidamente si alguien cambia algo de sitio o si está embarazada, por poner un ejemplo.

Como podéis imaginar, esto en ocasiones satura. 

Por eso el silencio, el contacto con la naturaleza y "gente bonita" es tan importante para mí.

Así mismo, los momentos de descanso, de relax, de dispersión, de "no hacer nada", también me dan la vida para poder soltar todo lo que no me hace bien; bajar el ritmo y volver a sentir mi cuerpo. Estar centrada en lo que verdaderamente me importa: mi familia, mi salud, el cariño de gente querida, la risa, la creatividad, compartir lo que sé y siento.

2. Las PAS tenemos una intensidad emocional por encima de la media. Es decir, vivimos todas las emociones a lo grande.

Por eso, cuando estamos viviendo un momento bonito o agradable, somos capaces de disfrutar y sentir una plenitud que nos hace inmensamente felices.

Sin embargo, por contra, "hacemos un mundo" cuando algo nos preocupa, cuando alguien nos da un disgusto, cuando nos hablan mal o tienen un gesto irrespetuoso para con nosotros.

Es muy habitual que nos tilden de "exagerados" o "susceptibles".

"¡No se te puede decir nada!" - me han dicho muchas veces.

Entiendo que es difícil de entender para las personas que no son como yo, pero lo cierto es que las formas me importan Y MUCHO.

Eso no quiere decir que no admita peticiones, críticas o sugerencias, simplemente que necesito que me hablen con cariño, en un tono tranquilo y sin ataques personales.

Tampoco quiere decir que yo sea "buena" y las otras personas sean "malas". Simplemente somos diferentes. Todos tenemos cosas que aportar y aprender. ¡Para eso estamos aquí!

3. Relacionado con lo anterior, las personas de Alta Sensibilidad tenemos un alto nivel de empatía

Según las propias palabras de Noelia, "nos resulta imposible no conectar".

Según llego al cole cada día, me resulta inevitable observar en qué estado emocional se encuentran mis compañeros y mis alumnos.

Sólo con una mirada, ya percibo si alguien está enfadado o triste.

Observo constantemente a mi hija. Aprendo a acompañarla en su intensidad (porque ella también lo vive todo a lo grande).

Me duele cuando veo que otra persona lo está pasando mal. Cuando veo que un niño llora o no le respetan. Una parte de mí quisiera abrazarlos siempre y decirles "Te entiendo. Tienes derecho a ser como eres."

A veces me entran "ataques de amor". Y no puedo evitar abrazar a alguien o darle un beso, porque me emociono al ver qué bonita es esa persona o qué mágico es ver su vulnerabilidad, que le hace humana y digna de amor infinito.

Protegerme es uno de mis grandes retos. Saber poner límites para que no me afecte cómo se encuentran los demás.

No se trata de ser otra persona. De renunciar a mi esencia. Sino de saber:

- Cuándo es el momento de una retirada.
- Expresar lo que quiero, lo que me gusta y lo que no.
- No sobrepasar mis límites.
- Poner orden en mi entorno y darme tiempos para ordenar también mis ideas.
- Permitirme sentir lo que siento sin apegarme demasiado.
- Respetar que los demás no sean como yo, ni se den cuenta de las cosas que yo sí me doy.
- Buscar ayuda en las personas adecuadas.
- Intentar ayudar sólo al que esté abierto y dispuesto a escuchar y hacer lo necesario para crecer. (Esto es extensible para las familias con las que trabajo, mi pareja, mis familiares, amistades o compañeros de profesión.)

4. Las personas altamente sensibles tenemos un mundo interior profundo y complejo.
Constantemente estamos cuestionándolo todo.

¿Por qué los demás actúan como lo hacen?
¿Qué le pasa a la gente? ¿Qué le ha llevado a ser como es?
¿Cómo funciona la mente? ¿Cómo funcionan las emociones?
¿Cómo aprendemos?

Al dedicarme a la educación, me cuestiono constantemente sobre la metodología, la forma de enseñar y tratar a los niños.

¿Cómo mejorar el sistema? 
¿Cuál es la mejor forma de enseñar a leer y escribir?
¿Cómo puedo hacerlo mejor como profe bilingüe para que los niños no tengan lagunas?

Y por supuesto, a nivel personal...

¿Cuál es mi lugar?
¿Cuál es mi misión?

Dentro de ese mundo me pierdo. Pierdo la noción del tiempo investigando sobre los temas que me interesan. Leyendo y escribiendo.

Últimamente se me ha abierto un nuevo mundo. Todo lo relacionado con los mensajes del cuerpo.

Hago conexiones entre lo que sé, lo que he vivido, lo que siento.
Voy constantemente hacia atrás repasando mis vivencias desde niña y buscando también en mi historia familiar los porqués.

En este punto, lejos de pensar que "tengo mala suerte", agradezco cada persona que llega a mi vida por todo lo que me aporta. Agradezco que la gente me haga de espejo.

He descubierto que todos nosotros somos como un gran iceberg, tal y como me contó mi profe de meditación, Elisa. (Si vivís en Colmenar Viejo, sois mamás o futuras mamás, os recomiendo que la conozcais. Podéis encontrar más información sobre ella aquí

Todo lo que está fuera del agua, a la luz, es lo que conocemos de nosotros mismos.
Todo lo que está dentro, oscuro, oculto, en el inconsciente, nuestro o heredado, es lo que los demás nos reflejan y nos remueve, nos altera, nos irrita...

Desde el lugar donde me encuentro ahora, doy gracias a todos aquellos que me enseñan lo que soy. Lo que me gusta y lo que no. Lo que me permito y lo que no.

Gracias a vosotros estoy en el camino de ser más feliz y mejor.
Gracias a mis errores, aprendo. Me caigo y me levanto con más fuerza y sabiduría (no sólo conocimientos).

Yendo más allá...

Si acabas de descubrir que tú también eres PAS o que tu hijo/a o alguno de tus alumnos/as son PAS, esto es lo que te diría tu peque (si pudiera y supiera):

Sé paciente

Valida mis emociones. Permíteme sentir lo que siento (aunque luego necesite ayuda para gestionarlo)

Pon límites y enséñame a ponerlos 

Se asertivo y cariñoso

No intentes cambiarme. Acéptame INCONDICIONALMENTE

Valora todo lo bueno que tengo: alegría, creatividad, un amor inmenso para regalar...

Déjame espacio para la introspección. Tiempo para pensar, para desarrollar mi creatividad, para investigar...

 Habla mucho conmigo: de cómo funciona el mundo, de cómo te sientes, de cómo me siento yo...

Bríndame herramientas útiles para la vida: comunicación no violenta, habilidades sociales, resiliencia...

Hazme el regalo de actividades de relajación/yoga/meditación/mindfulness

 Rodéame de gente bonita

Cuida los detalles: el orden, el exceso de ruido, los horarios...

¡Contágiate de la magia que supone tenerme en tu vida!



Por último, os dejo un vídeo que me emocionó profundamente hace poco y quiero compartir:




P.D.

Gracias Elisa por acompañarme en mi maternidad. Por haberme regalado tanta luz. Por ayudarme a ser mejor y más feliz. Gracias por SER TÚ.

Gracias a todas esas mamás que me han confiado a sus hijos. Que me han abierto su corazón de madre y mujer. Que siguen queriendo aprender y luchan por su felicidad y la de sus hijos/as.

Gracias a todas las mujeres-mamás que me acompañan y me ayudan a seguir creciendo y brillando. 

Gracias a todos los profesionales que desde distintas disciplinas me ayudan a estar bien. Serena y sana.

Gracias mamá. Sé que lo hiciste lo mejor que pudiste y supiste. Gracias por lo que me enseñaste y me sigues enseñando. ¡Eres tan bonita que ni tú lo sabes!

Gracias papá por ser también sensible. Diferente a mí pero siempre conectado. Mi ángel de la guarda. Que me acompaña. Que aprende conmigo a abrir su alma. Que me enseña a disfrutar de la vida y a LUCHAR por mis sueños. ¡Qué orgullosa estoy de ti!

Gracias a mis hermanas; mis referentes como madre y mujer. 
Gracias también a mi hermano por ser una persona "bombilla" de ole, ole y ole. Que transmite tanta ternura y alegría con su sonrisa. Tu sentido del humor es medicina para mí.

Gracias mi amor por tu paciencia y tu apoyo. Sé que no siempre es fácil.

Gracias Luz, hija mía, por ser mi mejor maestra. 

sábado, 27 de agosto de 2016

Periodo de adaptación

Hoy os voy a hablar del periodo de adaptación de los niños a la escuela.

¡El motivo principal de escribir esta entrada es que mi sobrina Carlota ya ha empezado el cole!


Los que estéis en España diréis: ¿tan pronto?

No os asustéis. En su país de residencia, Suiza, empezaron las clases el pasado lunes.

Hablando con mi hermana, me comentaba cuántas emociones están a flor de piel en estos momentos.
Estamos muy agradecidos porque lo está viviendo con mucha alegría y eso siempre reconforta, ¿verdad mamis?

Como le decía hace días, Primero de Primaria es de mis cursos favoritos (si no el que más). Sin duda.
Es un año mágico. Lleno de emociones. De sorpresas. De grandes progresos y descubrimientos.

Hay maestros que nunca quieren dar clase en este curso porque implica mucho trabajo y se "desesperan" porque los alumnos/as son muy pequeños y no avanzan todo lo rápido que a veces nos gustaría.

Es aquí donde voy a detenerme un poco porque este es un tema clave: las expectativas.

Queridos profes. Queridas familias...
¡Vamos a echar un poco el freno! Tenemos una manía de correr...

Por pasos.

Para profes

A todos los maestros que disfrutamos esta profesión tan bonita y apreciamos tanto con los detalles, nos encanta tener la clase preparada cuando vienen nuestros alumnos/as.Todo ordenado. El material listo. La clase decorada...

Yo misma he vivido ese agobio que querer tener la clase "perfecta" antes de que llegara el primer día de clases.

El año pasado, mismamente, estuve días hasta las 7 de la tarde en el cole: preparando rincones, forrando corchos y paredes, preparando la pizarra digital y el ordenador de aula, que nos dio bastantes problemillas (sobre todo al principio)...

La vida sabia te enseña que, por mucho que quieras ganarle horas al reloj, el tiempo es el que es.

A veces nos empeñamos en que las cosas sean a nuestra manera. Queremos controlarlo todo. Pensamos que si trabajamos duro, obtendremos los resultados que queremos tal y como lo habíamos imaginado... Y no es así.

Recuerdo un día a principios de septiembre. Eran las 7 y media de la tarde.

Mi chico me estuvo ayudando a montar una estantería que habíamos comprado nueva para la clase de 2º de Primaria y a mover las mesas para que no tuviera que hacerlo yo sola. Creo recordar que quedaban sólo un día o dos para que vinieran los niños.

Como os decía, el ordenador de mi clase no funcionaba, pero no estábamos seguros de si era la pizarra digital o el pc lo que estaba dando errores, así que pensé: "voy a buscar una alternativa porque necesito este recurso.

Decidimos ir a la antigua clase de Música, que en principio no se iba a usar, para ver si esa pizarra digital funcionaba y así planificar los primeros días contando con ese espacio.

Después de mover un ordenador de los antiguos, con su torre y su monitor; enchufar todos los cables; iniciar el ordenador... ¡La pizarra digital de estaba desconfigurada y no hubo forma de hacerla funcionar!

Recuerdo que miré el reloj  y le dije: "Amor, déjalo. Vámonos a casa. Mañana será otro día."

Y es que llega un momento en que debemos ceder. Rendirnos y aceptar las cosas como vienen.

La vida nos dice "no" y nosotros nos frustramos.

¿No os ha pasado a vosotros también?

Pero si sabemos ver más allá, nos daremos cuenta de que en realidad no es un "no cerrado".
Es un "espera un poco más. Busca el camino. Busca... UNA ALTERNATIVA".

Hace años, recuerdo una conversación con mi hermana en la que me dijo:

"Hacemos planes pensando en que la vida será como es ahora mismo. Pero no es así.
La vida, en una semana, en un mes, en un año, nunca será igual.
Lo que debemos aprender para ser felices es la capacidad para ADAPTARNOS".

¡Pero qué razón tenía!

En la escuela, como en la vida, esto es el pan nuestro de cada día.

Los profes planeamos el curso con antelación. Los temas, las actividades, los tiempos...

Invertimos cantidad de tiempo en preparar materiales con muchísima ilusión.
Investigamos. Buscamos. Imprimimos. Creamos pancartas, murales, materiales manipulativos, cuentos, juegos...

¡Nos encanta! (A mí por lo menos y me consta que a muchos que me siguen, también.)

El querer tener la clase "perfecta" nos genera muchísima ansiedad.

Vamos al cole a primera hora, aprovechando que no hay niños/as y pensamos: "qué bien. Hoy me va a cundir un montón el día".

Pero luego siempre surgen cosas:

- Una reunión que se alarga.
- Una serie de llamadas o emails a los comerciales de las editoriales que no te han mandado el material cuando/como debían.
- Ayudas a una compañera que necesita que le echen una mano porque está recién llegada al cole.

Total. Que cuando quieres entrar en tu aula es así la hora de comer "y no has hecho NADA".

Comes algo rápido y te pones a limpiar y ordenar los libros de la biblioteca de aula.
A media tarde, te das cuenta de que estás agotada y tienes que hacer la compra o ir al médico o recoger algo que tenías encargado en una tienda.

Así que, finalmente, te vas a casa y sigues echando horas después de preparar la cena o recoger un poco o lo que sea.

¡Y eso si no tienes hijos o tu pareja/familiares te ayudan con esa tarea!

Conclusión. Es mucho mejor tomárselo con calma y humor.

¿Que no te ha dado tiempo a hacer el cartel de bienvenida? No pasa nada.
¿Que al final no has podido colgar el abecedario en la pared? Ya lo harás.

Tenemos mucho tiempo por delante.

También podemos pedir ayuda a alguna compañera (o compañero, que aunque pocos, también los hay) o incluir a los niños, cuando vengan en algunas actividades.

¡A los peques les encanta ayudar!

Claro que hay que tener en cuenta su edad. No es lo mismo una clase de niños de un año, dos o tres, que ya alumnos/as de 5 años, Primero o Segundo de Primaria.

Lo fundamental es que aprovechemos los primeros días para crear un clima en el aula de confianza.
Establecer rutinas. Conocer a los niños. Adaptándonos a sus necesidades y características.
Ir conociendo a las familias o, si ya las conocemos del año anterior, ir programando reuniones para que nos cuenten qué tal han pasado el verano o si hay algo que debamos tener en cuenta que haya pasado en estos meses...

Otras consideraciones importantes...

1.- Los niños viven el presente.

Por mucho que sus papás o nosotros les anticipemos lo que va a pasar a lo largo del día, las normas, etc. Se les olvidará.

Habrá que repetírselo un montón de veces. Siempre con cariño. Sin enfadarnos.

Hay que asumirlo. Tener paciencia y confiar en que cuando pasen unas semanas, aprenderán cómo tienen que hacer las cosas:

- La importancia de la puntualidad.
- La importancia del orden.
- La importancia del respeto.
- La importancia de la responsabilidad personal y la verdad.
- La importancia de ayudarse y pedir ayuda cuando la necesiten.
- Aprender a esperar.
- Aprender a ceder el turno.

Aún así. Según avance el curso, seguro que habrá momentos en los que tendrás que recordarles cómo queremos las cosas. Qué esperamos de ellos. Qué pasa si no realizamos las tareas que nos habían mandado o si no nos comportamos adecuadamente.

No estoy hablando de castigos ni de regañar (que a lo mejor, en un momento dado, toca). Sino de HABLAR CON LOS NIÑOS.

Muchos profes (y la gente en general) entienden que ellos "mandan". Que están por encima de los niños. El adulto es el que sabe y el que ordena y el niño tiene que obedecer.

Y cuando esto no es así. Cuando un niño no cumple con las normas, te desafía, te reta, te contesta. Tiene una conducta desadaptativa... Te enfadas. Le regañas. Le gritas. Le castigas.

Todos en un momento dado perdemos la paciencia. Decir otra cosa sería mentir.

Perder los nervios y reconocer nuestro error o nuestra debilidad no es malo. Da permiso también a nuestros alumnos a equivocarse.

Mi experiencia es que cuando tenemos un mal día, si se lo explicamos a los niños, aunque sea al día siguiente, lo entienden. ¡Y no sólo lo entienden! Sino que, poco a poco, van siendo más respetuosos y empáticos.

Un día, te ven mala cara y te preguntan "¿estás bien profe? Pareces cansada."

Y eso... ¡Es muy bonito!

 2.- No deis nada por sentado.

Cuando entramos en una clase, nos encontramos 20 o 25 niños/as que son todos distintos.
Tienen familias distintas. Cada una con una forma de funcionar. Con unos hábitos y unos valores que pueden ser muy diferentes unos a otros.

La escuela es un lugar de encuentro. Donde se ponen en juego cantidad de factores.
No se trata (y en esto siempre insisto) de enseñar muchas Matemáticas o mucha Lengua o muchas Ciencias.

Claro que los contenidos curriculares son importantes y por eso están ahí.
Pero hay un "currículo oculto". Miles de cosas que se enseñan y/o se aprenden pero no están escritas en ningún sitio.

Las primeras semanas debemos establecer esa "base". Ir conociéndonos y, como decía antes, dejar claro a los peques lo que esperamos de ellos, lo que es aceptable y lo que no, dónde poner cada cosa...

3- Llevad un registro.

Los maestros tenemos tantas cosas en la cabeza, que es fácil "volverse loco".

Yo suelo tener varios cuadernos:

  • Para tutorías.
  • Para reuniones.
  • Para seguimiento de notas, calificaciones, registro de faltas, realización de tareas o trabajos, participación de aula...
Hay gente que lleva todo esto muy bien organizado en el ordenador, la tablet y el móvil.
Los hay más clásicos, que prefieren tenerlo todo en papel.
Y los hay como yo, que combinamos tecnología y materiales tradicionales como los cuadernos.

¿Qué cosas incluyo en el cuaderno de tutorías?

- Un genograma de cada alumno

Es una especie de árbol familiar. Un dibujo sintético que incluye información importante sobre la familia: edades y nombres de los familiares, número de hermanos, tipo de relación entre los miembros de la familia, fechas importantes...

Os dejo un ejemplo:

¿Cómo se interpreta esto?

Los círculos son mujeres.
Los cuadrados son hombres.
Las cruces significan que ha habido un fallecimiento.
Los números dentro de los círculos o cuadrados, son las edades.
Yo suelo marcar al niño con un doble círculo para saber qué lugar ocupa en la familia.

Por otra parte, las líneas también se pueden personalizar. Os voy a poner ejemplos de las que a mí me resultan más prácticas.
A la hora de conocer al niño y con el fin de ayudarle lo más posible, este tipo de herramientas nos dan mucha información y nos son muy útiles porque pueden explicar su comportamiento en un momento dado. 

Por otra parte, si hay algún acontecimiento, como el nacimiento de un hermano o algo grave, como puede ser una relación conflictiva o un abuso, tenerlo en mente nos ayuda a empatizar más con el niño y ser más cuidadosos a la hora de tratar con él, hacer un seguimiento de sus tareas, etc.

Como comprenderéis, cuando hay conflictos familiares, el nivel de exigencia no puede ser el mismo que en una familia "funcional". Y con esto no quiero decir que se justifiquen las faltas de disciplina, sino que es información a tener en cuenta.

En ocasiones, podemos llegar a "castigar" al niño por situaciones que no son su responsabilidad.

Es importante tener esta información, tratarla con mucha discreción y compartirla cuando lo veamos necesario con otros maestros o profesionales que trabajen con el niño, sólo cuando sea necesario.

- Un resumen de la evolución del niño

Lo ideal es hacer un seguimiento diario o semanal, pero lo cierto es que no siempre tenemos tiempo.
Por eso, cuando tengas un hueco, te recomiendo que te sientes delante de tu cuaderno y pienses en cada uno de tus alumnos:

- Cuáles son sus puntos fuertes.
- En qué debe mejorar.
- Qué estrategias funcionan con él o ella.
- Qué aspectos concretos del lenguaje o las relaciones sociales deben ser trabajados en grupo.
- Qué cosas nos gustaría trabajar con la colaboración de la familia.

- Un resumen de los temas tratados y los acuerdos tomados con las familias.

Cuando yo atiendo a una mamá, a un papá o una abuelita, no me gusta estar tomando notas. Alguna vez he pedido permiso para apuntar alguna cosa que no quería que se me olvidara, pero procuro no estar escribiendo mientras estamos hablando.

¿Por qué? Porque resulta frío y distante.

Las tutorías son un tiempo y un espacio en los que desarrollar la confianza. En los que debemos mirarnos a los ojos, darnos la mano o un abrazo cuando lo necesitamos, contarnos cómo vemos al niño y sobre todo, dejar claro que estamos allí para AYUDAR.

Lo que suelo hacer es una vez me quedo sola o, si tengo prisa, en otro momento, intento recoger una síntesis de lo que hemos hablado, si les he dado algún consejo, si me han expresado alguna preocupación, si hay algún acontecimiento familiar que pueda estar afectando al peque, si hay algo que esté próximo que yo deba tener en cuenta (un viaje, una separación, el nacimiento de un hermano...)

De verdad que es muy útil porque nos ayuda a entender el comportamiento presente y futuro de los alumnos.

¿Para qué un cuaderno de reuniones?

Este cuaderno de reuniones ya no es con las familias, sino con nuestros compañeros, con el Equipo Directivo del centro o con algún organismo colaborador.

Tanto si somos tutores como sino.
Si somos miembros del Consejo Escolar del centro.
Si somos coordinadores de algún equipo.
Si estamos realizando algún proyecto de formación, un grupo de trabajo...
Si asistimos a reuniones de coordinación, claustros, etc.
Recomiendo 100% tener un único cuaderno para este fin.

Yo lo aprendí de una compañera el primer año que entré en la escuela pública.

En ese cuaderno pegas o grapas:

- El orden del día de las reuniones.
- Documentos que te facilite el Equipo Directivo, tales como: protocolos de actuación, normas del centro, proyectos para ese curso, esquema de la Programación Anual,...

A continuación, escribes todos los acuerdos tomados en las reuniones, fechas de entrega de documentos oficiales (como pueden ser los informes de tus alumnos o los documentos de centro que te soliciten)...


Cuadernos de seguimiento.

Estos cuadernos de registro sirven para tomar notas sobre el comportamiento, las calificaciones, las faltas de asistencia, la realización de tareas, la participación en clase...

Los más útiles para mí son los de Additio. Duplex o triplex.


Podemos hacer la lista de clase con la página web, lo que es muy útil porque así la podemos imprimir y pegar. Os dejo el enlace de descarga:

Estos cuadernos están plastificados y tienen, algunos de ellos, unas fundas al final que para mí son muy prácticas para guardar fotocopias, algún material que he hecho y no quiero que se me pierda, alguna nota importante, etc.

Tenemos otras herramientas "más modernas" para recoger esta información. Pero para hablaros sobre ellas, haré una entrada específica.

4.- Tened otros recursos para apuntar

Apuntar, ¿qué?
Ideas que se os ocurran, por ejemplo:

- Temas que os gustaría tratar con el grupo.
- Actividades que podéis hacer con un grupo o varias clases.
- Ideas para materiales.
- Ideas para posibles entradas del blog, si es que tenéis uno.
- Tareas que tenemos que realizar.

Podemos utilizar:

Una agenda de las de toda la vida, de papel.
Tener un cuaderno para este fin.
Utilizar herramientas digitales:

- El móvil.
- Vuestra cuenta de Google. Si no la tenéis, os recomiendo que os abráis una.
- La tableta o el ordenador, para realizar, consultar o modificar archivos de texto, buscar información...

¡Eso ya va en gustos!

Algunas aplicaciones que yo uso mucho en el teléfono son:

G tasks
Esta aplicación gratuita nos permite hacer listas de tareas. Podemos consultarla y actualizarla desde cualquier dispositivo.

También podéis descargaros un widget en el escritorio del teléfono de manera gratuita.

Esto es muy práctico porque de esta forma puedes verlo todo el tiempo y recordar de forma cómoda las cosas que tienes que hacer o comprar.

Google calendar

Este calendario de Google también es gratuito y modificable desde cualquier dispositivo con conexión a internet.

Te permite recoger recordatorios de citas personales y laborales y ponerte alarmas y mensajes. 

Esto para mí es fundamental porque muchas veces me acuerdo de algo pero pasadas unas horas o unos días se me olvida. ¡Benditas alarmas!


Para familias

Siguiendo un poco la línea que he ido desarrollando, no puedo salvo recomendaros lo mismo:

- Paciencia.
- Tiempo y capacidad de observación de vuestros hijos.
- Desarrollar la capacidad de ponernos en su lugar.
- Disfrutar todo lo que podáis de los momentos que paséis juntos.
- Darles mucho cariño. Todos los besos y abrazos que os salgan.

En concreto, en lo que se refiere a "la vuelta al cole", no es necesario agobiar a los niños con mensajes que no les sirven para nada, del estilo:

"Ya no te queda nada para empezar el cole".
"Este año va a ser muy distinto. Tienes que esforzarte mucho y trabajar".
"Se te va a acabar tanto jugar. Este curso será muy difícil y hay que estudiar".

Esto sólo genera ansiedad y sentimientos negativos frente a la escuela.

Además, como os decía en la anterior entrada, hay una fusión "mamá-hijo" o "hijo-mamá".

Si nuestros hijos nos ven preocupados, nerviosos, hablando del cole constantemente, lo último que van a querer hacer es ir cuando toque.

Si os preguntan o quieren hablar del tema, por supuesto les daremos ese tiempo y espacio para hacerlo.

Pero sino, es mucho mejor que sigan disfrutando de las vacaciones. De sus tiempos de juego. De lectura. De dispersión. De dibujos. De cuentos... Su mundo de niños.

Lógicamente, habrá que comprar el material escolar y los libros. Si quieren, pueden acompañaros a adquirirlo. O revisar aquel material que tengamos de cursos anteriores, de hermanos o amigos que nos puedan prestar. Ver si está en buen estado. Poner nuestro nombre...

Tareas que debemos vivir con tranquilidad e ilusión.

Por último, os dejo un vídeo de Miriam Tirado donde nos habla un poco sobre la vuelta a la rutina. 
Me gusta como resumen a esta entrada porque recoge un poco mi sentir y va en la línea de lo que os he ido contando por escrito.

¡Disfrutad mucho del fin de semana!

miércoles, 28 de octubre de 2015

Classroom management 2. Reflexión docente acerca del bilingüismo y el comportamiento.

Buenos días,

Visto el éxito de la última entrada acerca del mismo tema, hoy traigo un segundo post con ideas acerca de cómo manejar el comportamiento de los alumnos.

Todos los maestros y familias, tenemos en nuestras clases o nuestras casas, algún niño o niña a la que le cuesta cumplir las normas.

Personalmente, pienso que los niños no son malos. Ningún niño es "malo".
Sí hay comportamientos más o menos adaptados al entorno.

Después de estar investigando y reflexionando sobre este tema largo y tendido, me parece importante compartir esta idea.

¿Realmente es el niño el que se porta mal o eres tú el que se porta mal con el niño?

Piénsalo.

¿Alguna vez te has planteado cómo te sientes cuando te fuerzan a hacer algo que no quieres?
¿Cómo te sientes cuando hay algo que, por mucho que intentes, no te sale?
¿Alguna vez has pensado en cómo te duele cuando te dicen de una forma hiriente que te has equivocado?

Personalmente, son preguntas que yo me hago.
Quizá porque tengo una sensibilidad especial.

El título de este blog, y mi idea inicial, era "aprender a escuchar". Como decía, al comienzo de estos 4 años, ponerme a la altura de esos "locos bajitos" y realmente, llegar a ellos. A su corazón y esa magia tan bonita, que sólo tienen los niños y muy poquitos adultos.

El año pasado, compartí una experiencia que llevé a cabo en Lengua.
"Doña Desastre".

Y quizá eso sea yo en este momento... Una "doña Desastre", que parece un elefante en una cacharrería. Todo el día corriendo. Todo el día con cosas medio a hacer. Mil despistes, olvidos y desorden que me come por las orejas.

(Si queréis leer aquella entrada, os la dejo aquí)

En los últimos días, he de decir que confirmo mi sentir.
No me gusta ser profesora de inglés.
No.
No me gusta. ¡Y eso que no lo hago tan mal!

Yo hablo el lenguaje de las emociones.
Y me siento mucho más cómoda en castellano.
Es mi lengua materna. Una lengua que he aprendido y mimado.
Desde muy pequeña me gustó escuchar historias, ver cuentos, jugar y escribir.
Desde muy pequeña, he pasado horas hablando con mi madre. "Arreglando un poco el mundo", como diría la madre de mi chico.

¡Lo del inglés es otro tema!

Yo aprendí inglés de una forma muy natural porque mis padres me dieron la oportunidad de vivir muchas experiencias positivas al respecto.

Desde que tenía dos meses, todos los veranos íbamos a Inglaterra.

La música, desde que tengo uso de razón, mueve mi corazón.
Desde muy pequeña, rápidamente me aprendía las letras en inglés, que no me cansaba de escuchar, repetir y buscar incluso por Internet, cuando ya supe leer y tuve acceso a un ordenador con conexión.

También tuve experiencias académicas muy positivas.
Siempre se me dio bien. Desde los primeros cursos de Primaria, tuve un nivel muy superior a la mayoría de niños de mi clase.

Además, tuve la oportunidad de pasar un mes de nuevo, ya siendo más mayor, y yendo sola, en el sur de Inglaterra con una familia.
Una experiencia que recomiendo. Conocí a gente de muchos países con la que tuve ocasión de escribirme cartas durante mucho tiempo.

A la hora de empezar a trabajar, ha sido una puerta, claro que sí.
Una herramienta que me ha sido muy útil, pero que no siento mía.

A lo largo del tiempo que llevamos de curso, he estado reflexionando acerca del bilingüismo.
¡Qué gran reto!

Gracias al máster de la Universidad de Alcalá de Henares, he abierto los ojos a muchas cosas que, intuía, pero necesitaba confirmar.

1. La perfección no existe.

Tenemos una idea de esa persona que maneja dos idiomas de forma fluida, a un alto nivel.
"Dos nativos en una sola persona".

Pregunta... ¿Qué clase de nativo tienes en mente?

¿Acaso todos los ingleses, americanos o australianos que imaginas (o que incluso conoces) son eminentes ilustrados? ¿Catedráticos? ¿Filólogos?

¿Soy yo bilingüe? Sí.
¿Tengo el mismo nivel de fluidez, vocabulario y corrección fonética y gramatical en ambos idiomas?
No.

Es cierto que hay personas que nacen con dos idiomas. Uno que aprende con la madre y otro con el padre, desde casa. O bien, uno en casa y otro en el entorno más cercano.

Pongamos el caso de mi sobrina Carlota.

Lleva ya más de dos años viviendo en Zurich (Suiza).
En el colegio, en la calle... Se habla alemán.
Ella entiende mucho, pero habla poco.

En casa, cuando visitan España, castellano o catalán (por la familia paterna).
Ella entiende y habla mucho, aún con errores, a pesar de tener casi 6 añines ya.

¿Es beneficioso para ella el aprender un segundo idioma desde tan pequeña?

Según multitud de estudios, a ciertas edades muy tempranas no está demostrado el beneficio o perjuicio.

Sin embargo, según otros estudios (opinión que comprarto) sí lo es, SIEMPRE QUE se dé un refuerzo en su lengua materna, el castellano, para desarrollar lo que subyace a cualquier lengua: el pensamiento.

O lo que el señor Jim Cummins, llamó "Sistema Operativo central".

Todas las lenguas comparten unas funciones y, desde esa perspectiva, el aprendizaje de una lengua, beneficia al aprendizaje de la otra.

Sin embargo, planteo otra cuestión:

¿Se puede forzar el aprendizaje de un segundo idioma cuando no se tiene anclada la lengua materna?
No creo.

Realmente es una oportunidad.
¡Claro que sí!

Pero lo cierto es que siempre habrá una lengua dominante. Una con la que el niño, que luego será adulto, se sienta más cómodo.

¿Esto es fijo e inamovible?
No.

En función del entorno y la NECESIDAD, una de las dos lenguas podrá desarrollarse más que la otra, llegando a hacerla más propia que la materna.

Dicho esto, no quiere decir que aprender un segundo idioma no sea beneficioso. En absoluto.
Tiene muchas ventajas, pero también grandes implicaciones.

2. Gran cosecha, gran trabajo.

El curso pasado inicié la aventura bilingüe en mi colegio.
Y digo bien, aventura, porque esos niños y yo, hemos pasado de todo.
Risas, lágrimas, enfados, alegrías...

Grandes recuerdos que me llenan el corazón.

Me he volcado en ellos por completo, haciéndome responsable de sus resultados.
Y ahí sí que no.

Los niños son responsables de su propio aprendizaje.
Así debe ser.

Ni nosotros podemos aprender por ellos, ni ellos deben ser meros espectadores de lo que ocurre a su alrededor.

Si estudian, si se esfuerzan, si muestran interés, si participan, si preguntan, si comparten... Los resultados serán grandiosos, sabiendo también que la paciencia es un ingrediente fundamental a la hora de "cocinar" en el mundo del conocimiento.

¡Ojo! Esos resultados "grandiosos" no implican tener un 10. Me refiero a la evolución respecto al potencial de cada niño. Porque todos no somos iguales ni debemos serlo. Y por lo tanto, tampoco debemos ser evaluados y valorados de la misma manera.

A día de hoy, veo algunos alumnos en mis clases, con un nivel de comprensión del segundo idioma enorme. Están descubriendo y compartiendo conmigo la magia del lenguaje.

Rápidamente, van haciendo conexiones y dándose cuenta de detalles

- Significado de las palabras.
- Relación entre ambas lenguas: aspectos comunes y diferentes en cuanto a estructura y sonido.
- Spelling (u ortografía).
- Patrones en la terminación o composición de las palabras.

Ser testigo de esto, me parece simplemente maravilloso.

No quiero permitir que nadie empañe este momento, haciendo evidente todo lo que no sabemos, hacemos mal o nos queda por aprender.

¡Claro que hacemos cosas mal! ¡Estamos aprendiendo!
Si supiéramos todo en dos años, ¿para qué ir a la escuela?

Si yo, como maestra, también supiera todo, ¿para qué levantarme por la mañana?

3. Amor

Confianza. Respeto. Cariño y paciencia.

¿Una estrategia que estoy utilizando últimamente?

Cuando veo algún niño que se pone muy nervioso y se descontrola, en vez de regañar, especialmente en Infantil, digo, "ven aquí, cielo".

Dejo al niño entre mis piernas, sentada yo también en el suelo.
Primero en silencio, dejo pasar un poco de tiempo para que se calme.

Después, le acaricio la cara, le hago preguntas, le sonrío a poquito que esté mejor.
Le involucro en lo que estemos haciendo: leyendo o escuchando un cuento, cantando una canción, etc.

No tengo ningún miedo de mezclar idiomas en ese momento, dándole el refuerzo positivo en castellano, ya que, como digo, es su lengua materna, me entienden perfectamente y les llega mucho más.

En un tono tranquilo y cariñoso, le digo lo que me gusta y lo que no.

Le hago ver las consecuencias que tiene su conducta y, sobre todo, le doy la confianza que necesita.
Diciéndole lo bien que lo puede hacer, porque me lo demuestra.

Muchas veces digo:


¿Qué es portarse bien?

Les hago reflexionar y verbalizar conductas concretas.

Es muy importante que los niños tomen conciencia de cosas concretas que sí pueden hacer.

A mí estas frases de "ya no lo voy a hacer más", me dan hasta risa.

Normalmente, cuando me dicen "ya no lo voy a hacer más", yo les contesto:


¿Qué es lo que no vas a hacer más?

¿Moverte? ¿Pegar accidentalmente a un compañero?

1. No es cierto que no lo vaya a hacer más. Y no es porque sean malos. Es que tienen una energía que no saben controlar ni canalizar.

2. Una frase aprendida que suelto como un loro, igual que "lo siento", no vale para nada.

Muchas veces cuando los niños dicen "lo siento", no lo sienten en absoluto. No lamentan ni se arrepienten de su conducta porque simplemente son naturales.
Hacen lo que les nace en cada momento.

¡Qué gran virtud ser tan honestos!

Lo que sí tienen que comprender es la consecuencia de su conducta. Y sobre todo, tener un referente. Una conducta alternativa más adaptativa.

A veces se la tendremos que mostrar. A veces podremos tener un modelo en otro niño.

Formula en positivo.
Un ejemplo:

En vez de "cállate. No grites." --> "Habla más bajito".

Yo procuro hacer un "escáner" rápido y, en cuanto encuentro alguno que se esté portando como en ese momento hace falta, digo "Fulanito, very good!"

Parece como "magia", porque en realidad, todos quieren que les digas que ellos también están "Very good!". De hecho, se sientan bien y, algunos de ellos, dicen su propio nombre y "Very good!".

Porque sí. Todos necesitamos que nos digan que lo estamos haciendo bien.

Que nos den una palabra de aliento y ese gesto: guiño, abrazo, caricia, sonrisa... Que nos haga sentir que el esfuerzo merece la pena.

4. Adáptate tú.

Mira a tus alumnos o a tus hijos.
Obsérvalos.
Escúchales.

Fíjate qué cosas se le dan bien y le gustan.
Dale la oportunidad de demostrar lo bien que se le da algo y en ese momento, valóralo.
Dile cuánto te gusta eso que hace.

Saltar.
Bailar.
Cantar.
Pintar. Recortar y pegar. Modelar plastilina. Cualquier actividad con la que puedan, al menos, mover las manos.

Dales la oportunidad de canalizar su energía a través del movimiento y actividades cortas que disfruten y en las que tengan éxito.

¡Y disfruta tú también!

El entusiasmo es una cosa que se contagia. Si a ti no te gusta nada lo que estás haciendo, ¿cómo les va a gustar a ellos?

La motivación es eso, un "motor" que les pondrá en una mejor disposición para algo más difícil que te quieras plantear más adelante, cuando estén preparados. No cuando tú se lo impongas.

Cambia de actividad frecuentemente y de posición (de pie, sentados en el suelo, moviéndonos por el aula...)

No podemos tener a niños tan pequeños 45 minutos sentados y callados.

Muy pocos de ellos son capaces de aguantar.

Así que, pregúntate de nuevo

¿Es el niño el que se porta mal o soy yo la que me porto mal con él?


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